lunes, 27 de diciembre de 2010

LA CIUDAD DE DIOS - La espiritualidad cristiana y San Agustín (354-430)

Si bien es cierto que la aproximación del monoteísmo cristiano a las doctrinas estoicas se inició en los primeros siglos de nuestra era, quien selló definitivamente la síntesis de cristianismo y helenismo fue San Agustín, sobre todo para Occidente. El componente cristiano lo tomó él preferentemente de San Pablo, y el componente helénico dominante en él no fue ya el estoicismo sino el neoplatonismo de Plotino... Esfuerzo para seguir a los platónicos lo más lejos que permitía la fe católica.

El cristianismo se propagaba de manera relativamente fácil como un modo de vida inspirado en la pasión y muerte de Jesús (perpetrada por las autoridades políticas y religiosas).. Los primitivos cristianos, siguiendo a Jesús, ofrecían una interpretación decididamente moral y no social-política de los diez mandamientos de Moisés.

Habéis oído que se dijo: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha adulterado con ella en su corazón

La ley de los judíos, de suyo externa, se convertía así en código moral interior que debía empapar todas las relaciones humanas. Esta característica distanciaba ya aquella espiritualidad de la Ética clásica, primordialmente exterior y política. Y por si esto fuera poco, la fe en Jesús borraba la divisoria entre amigos y enemigos, entre judíos y gentiles, y abrazaba de esta manera a todos los humanos en un mismo amor fraternal... Con una moral tan decididamente espiritual, el cristianismo se propagó por todo el territorio del Imperio romano e incluso más allá de él (Etiopía desde luego, la India quizá).

El neoplatonismo cristianizado de Agustín, el verdadero bien, fuente de la felicidad completa, lo ofrece Dios gratuitamente y de manera sobrenatural a todos los humanos, pero sólo llega a poseerlo realmente el que abraza la fe. Pero Agustín añadía que los cristianos no poseen este bien separadamente, cada uno de por sí, sin conexión con los otros, sino que lo tienen todos ellos juntos, uniéndolos. Los hombres que aman a Dios están unidos a él por su común amor a Dios derramado por el Espíritu Santo. Y dado que un pueblo o una sociedad, es el conjunto de hombres unidos en la prosecución y amor de un mismo bien, se sigue de ahí que existen dos ciudades. Por un lado, los humanos que se unen en pueblos temporales a fin de conseguir los bienes necesarios para la vida terrenal forman una especie de gran ciudad esparcida por todo el mundo. Su bien más alto, puesto que implica todos los demás, es la paz. Paz que se define como tranquilidad que nace del orden justo. Pero además, cualesquiera que sean sus ciudades temporales y los trazos que asignemos a su agrupación universal, todos los cristianos de todos los países, y sólo ellos, hablen la lengua que sea y vivan en cualquier tiempo, se hallan unidos por su común amor al mismo Dios. De donde resulta que forman un gran pueblo cuyos ciudadanos se reclutan en todas las ciudades terrenas, y cuyo territorio místico, más allá de todas las barreras del espacio y del tiempo, puede llamarse la ciudad de Dios. Existen pues dos ciudades: una espiritual y otra temporal, que coexisten entreveradas y que tienen fines distintos. A partir de ahí, el problema será más tarde la articulación de las dos, especialmente entre las autoridades de ambas. De todas maneras, la patria principal del cristiano quedaba desplazada al cielo.

Etica Clasica

La Ética clásica

Como ética vivida en forma de costumbres y obligación de cumplirlas la ética existió mucho antes que la filosofía, pero entre las dos hay que intercalar a los médicos y los matemáticos. Ambos grupos de sabios significaron un paso importante hacia la racionalidad... Que los filósofos tuvieron muy en cuenta la Medicina.

Para Aristóteles la Ética queda incluida dentro de la Política. La consideración de las leyes en cuanto pautas de comportamiento colectivo, de poco sirven si los ciudadanos no las hacen suyas. Ellos han de convertirlas en hábitos de su conducta cotidiana porque sin esa práctica las pautas no existen realmente. Y son precisamente las costumbres públicas interiorizadas por las personas lo que se llama virtudes en las fuentes clásicas... Además lo consideraban hermoso (kalós kai agathós) con una belleza que sólo percibía el entendimiento. La Retórica, para los antiguos, no era el arte de engañar al prójimo sino de convencerlo con argumentos plausibles. La Retórica era considerada completamente necesaria para la Política y la Ética. En el campo de las acciones humanas, en efecto, muchas cosas buenas e incluso necesarias para una vida decente no pueden ser objeto de demostración científica. La retórica resulta entonces imprescindible para lograr consensos a partir de probabilidades sólidas, dicho sea en lenguaje actual.

La obligación social puede también llamarse ética para distinguirla de la obligación de conciencia que tendemos a designar como moral en sentido restringido.

Santo Tomás de Aquino

Confesiones (Fragmento) - San agustín

De san Agustín.
Libro X; capítulos 9, 10 y 11. 

No son sólo éstos los únicos tesoros almacenados en mi vasta memoria. Aquí se encuentran también todas las nociones que aprendí de las artes liberales que todavía no he olvidado. Y están como escondidas en un lugar interior, que no es lugar. Pero no están las imágenes de las cosas, sino las cosas mismas. Yo sé, en efecto, lo que es la gramática, la dialéctica y las diferentes categorías de preguntas. Todo lo que sé de ellas está, ciertamente, en mimemoria, pero no como una imagen retenida de una cosa, cuya realidad ha quedado fuera de mí. No es tampoco como la voz impresa que suena y se desvanece, dejando una huella por la que recordamos como si sonara cuando ya no suena. Ni como el perfume que pasa y se pierde en el viento y que, afectando al sentido del olfato, envía su imagen a la memoria, por la que puede ser reproducida. Ni como el manjar, que ya no tiene sabor en el estómago y que parece lo tiene, sin embargo, en la memoria. Ni como una sensación que sentimos en el cuerpo a través del tacto que, aunque esté alejada de nosotros, podemos imaginarla en la memoria después del tacto.

En estos casos las cosas no penetran en la memoria. Simplemente son captadas sus imágenes con asombrosa rapidez, quedando almacenadas en un maravilloso sistema de compartimentos, de los cuales emergen de forma maravillosa cuando las recordamos.
Pero cuando oigo que son tres las categorías de preguntas –si la cosa existe, qué es y cuál es– retengo las imágenes de los sonidos de que se componen estas palabras. Y sé también que atravesaron el aire con estrépito y que ya no existen

San Agustín

Agustín de Hipona, San (354-430), el más grande de los padres de la Iglesia y uno de los más eminentes doctores de la Iglesia occidental. Agustín nació el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste, Numidia (hoy Souk-Ahras, Argelia). Su padre, Patricio (fallecido hacia el año 371), era un pagano (más tarde convertido al cristianismo), pero su madre, Mónica, era una devota cristiana que dedicó toda su vida a la conversión de su hijo, siendo canonizada por la Iglesia católica romana. Agustín se educó como retórico en las ciudades norteafricanas de Tagaste, Madaura y Cartago. Entre los 15 y los 30 añosvivió con una mujer cartaginesa cuyo nombre se desconoce, con la que tuvo un hijo en el año 372 al que llamaron Adeodatus, que en latín significa regalo de Dios. 
Doctores de la Iglesia, eminentes maestros cristianos proclamados por la Iglesia como merecedores de ese título, que viene del latín Doctor Ecclesiae. De acuerdo con este rango, la Iglesia reconoce la contribución de los citados teólogos a la doctrina y a la comprensión de la fe. La persona así llamada tiene que haber sido canonizada previamente y haberse distinguido por su erudición. La proclamación tiene que ser realizada por el Papa o por un concilio ecuménico. Los primeros Doctores de la Iglesia fueron los teólogos occidentales san Ambrosio, san Agustín de Hipona, san Jerónimo y el Papa san Gregorio I, que fueron nombrados en 1298. Los correspondientes Doctores de la Iglesia de Oriente son san Atanasio, san Basilio, san Juan Crisóstomo y san Gregorio Nacianceno. Fueron nombrados en 1568, un año después de que se designara con la misma condición a santo Tomás de Aquino. Mujeres que han alcanzado esta distinción fueron santa Catalina de Siena y santa Teresa de Jesús (en 1970) y santa Teresa del Niño Jesús (en 1997).

Obras
La portancia de san Agustín entre los padres y doctores de la Iglesia es comparable a la de san Pablo entre los apóstoles. Como escritor, fue prolífico, convincente y un brillante estilista. Su obra más conocida es su autobiografía Confesiones (400?), donde narra sus primeros años y su conversión. En su gran apología cristiana La ciudad de Dios (413-426), Agustín formuló una filosofía teológica de la historia. De los veintidós libros de esta obra diez están dedicados a polemizar sobre el panteísmo. Los doce libros restantes se ocupan del origen, destino y progreso de la Iglesia, a la que considera como oportuna sucesora del paganismo. En el año 428, escribió las Retractiones, donde expuso su veredicto final sobre sus primeros libros, corrigiendo todo lo que su juicio más maduro consideró engañoso o equivocado. Sus otros escritos incluyen las Epístolas, de las que 270 se encuentran en la edición benedictina, fechadas entre el año 386 y el 429; sus tratados De libero arbitrio (389-395), De doctrina Christiana (397-428), De Baptismo, Contra Donatistas (400-401), De Trinitate (400-416), De natura et gratia (415) y homilías sobre diversos libros de la Biblia.
En Confesiones, uno de los principales escritos del más insigne Padre y Doctor de la Iglesia, san Agustín de Hipona, éste refirió de forma autobiográfica y con un brillante estilo literario algunos de los episodios más importantes de su vida. Además, en sus páginas expuso gran parte de su pensamiento teológico y filosófico. El fragmento que sigue supone una interesante aproximación a su teoría del conocimiento.

Los Magiares

Los magiares son un grupo étnico de Europa del Este, correspondiente a los actuales pobladores de Hungría. Conocidos antiguamente como magyares, se les identifica erróneamente aún con grupos eslavos de Hungría y Bulgaria, así como con algunos grupos o tribus gitanas de Europa del este.

Crecimiento de la Nación Magiar

Los actuales magiares provienen de tribus separadas de los grupos fino-ugrios asentados hasta el siglo V en las estepas que se extienden entre los ríos Volga y Kama, que se desplazaron hacia los territorios al norte del Cáucaso y de Crimea. Si bien están étnicamente relacionados con el grupo fino-ugrio, las diversas migraciones y la influencia de otros grupos asiáticos (ávaros, hunos, mongoles), así como la influencia de los pueblos otomanos e iraníes evidenciada en los modismos lingüísticos del idioma introducidos durante la migración magiar hacia el oeste de las estepas rusas, determinaron la diferenciación final del grupo étnico antes incluso de su asentamiento final en las regiones históricas de Panonia y Dacia.

Orígenes

El origen de los húngaros es controvertido. La hipótesis de mayor aceptación es la teoría ugrofinesa, surgida a finales del siglo XIX y basada en argumentos etnográficos y topónimos algo confusos. La evidencia lingüística apoya parcialmente dicha teoría, aunque la relación del magyar dentro de la familia lingüística urálica es polémica. Hay también otras teorías que indican que los magiares son descendientes de escitas, de hunos, de ávaros, y/o de turcos o algún otro pueblo altaico. Estos parentescos se basan principalmente en leyendas medievales (cuya autenticidad y certeza científica son discutibles) y en referencias clásicas en latín, griego y árabe (cuya interpretación presenta no pocas dificultades).
Actualmente tienen una mejor base los trabajos lingüísticos que muestran conexiones importantes entre el húngaro y otras lenguas urálicas, y la presencia de préstamos procedentes del turco y otras lenguas altaicas.

Primeras referencias históricas

La primera referencia a los magiares es de Prisco Rétor, que refiere que en el 463 d. C. la migración de un grupo de pueblos autodenominados On-ogur, nombre que podría relacionarse con el exónimo latino hungarus. Sin embargo, la relación entre los dos nombres no es clara. Los On-ogur eran mayoritariamente túrquicos búlgar habrían formado un reino de corta duración en el norte del Cáucaso que fue conquistado por los jázaros en el 650 d. C. Tras la derrota los On-ogur, éstos se dividieron en tres grupos: un grupo emigró hasta la moderna Bulgaria, otro grupo formó la llamada Bulgaria del Volga y el tercero permaneció en el norte del Cáucaso; presumiblemente entre ellos habrían estado los antecesores lingüísticos de los magiares.

Sociedad Feudal